jueves, 25 de febrero de 2016

Out of sight, out of mind... We are out of time

Adolescentes, ese es el título de la canción de Incubus arriba mencionada… y de eso se trata esta historia de unos adolescentes (léase mejor teens)
Y todo salió de control porque era mucho alcohol, porque era puente, porque había actitud… ¿el resultado? Llegar a casa a las “frescas” 8 am con una cruda que duró dos días y con un moretón que después de un gran intento por recordar se vino el vago recuerdo de una caída… mejor no lo hubiera recordado.
La reunión tuvo su buen motivo, un cumpleaños, y todo empezó temprano y tranquilo, aunque siempre con mucha actitud porque ya se tenía planeado preparar a los presentes un súper trago irlandés (mala idea) unos deliciosos Irish Car Bomb (es aquí cuando se reflexiona que no siempre se aprende de las experiencias, ni aun que sean malas) pero antes a jugar uno, compartir experiencias, risas, odiarse los unos a los otros por tirar esa horrible carta donde se tienen que comer 4 o porque se tira esa carta con el color que se no se tiene una y otra vez justo cuando queda una sola para terminar. Rosalía, la verdad, nunca estuvo ni un poco cerca de ganar y lo único que ganó fue un delicioso (ni tanto) y embriagante shot de whiskey cuando ya llevaba 3 vodkas y esa fue la gota que derramo el vaso a partir de eso solo hay recuerdos esporádicos de lo que paso…
Rosalía se enojó porque no había suficiente Guinness para preparar el Irish Car Bomb y reclamo a los encargados de comprar la cerveza pues ella ya había comprado el Baileys, como sea se resolvió el problema, preparo el trago y pa’ dentro! La audiencia se mostró conforme con el trago, pero argumentaron que estaba muy fuerte y para seguir con el ritmo embriagante que los shots habían dejado más la emoción de los juegos de mesa, comenzó la ronda de cubilete y mucho mucho se perdió y mucho mucho se volvió a beber y ahí comenzaron las lagunas mentales… Llega el cumpleaños de Alejandra y empiezan los abrazos… laguna mental… llego Luisa… laguna mental… Rosalía puso música para bailar (reggaetón obviamente) y pese a las advertencias de Yayo sobre el piso mojado, las ignoro y cayó al suelo, el alcohol como aliado “amortiguo” el golpe y si no fue así, Rosalía no lo sintió, se levantó con la cabeza en alto y se dispuso a seguir bailando donde el piso estuviera seco… laguna mental… Se arma el bailongo, Luisa baila con Yayo, Rosalía con Mauro… Laguna mental… se le propone un trio sexual al más joven del grupo el cual está de acuerdo (¿quién no?) lo que el joven Oscar no estaba seguro era que si el trio propuesto por Alejandra y Rosalía era verdadero (Alejandra y Rosalía jugaban con la mente del teen) sin embargo el plan es saboteado por una sesión de fotos (no sexuales)… laguna mental… Luisa ya no está… Laguna mental… Mauro pide de favor a Rosalía (en estado no conveniente) que lo lleve a comprar hielos y cigarros, durante el camino se hacen amigos, hablan de sus vidas y luego regresan sanos y salvos al lugar de la fiesta con las provisiones… Perdida del conocimiento.
El día después de lo que fue “la fiesta de año” (hasta ahora), estaba airoso, frio y no se podía estar por mucho tiempo afuera, horrible día, tan horrible como la resaca, resaca que parecía tener la duración de una eternidad.
La historia no tiene moraleja ¿Cuál podría ser? No beban hasta perder el conocimiento… mmm no eso no funciona, porque, aunque juremos mil veces que jamás volverá a pasar, después de sobrevivir a la horrible cruda moral y física, descubres que estuviste compartiendo excelentes momentos (a pesar de las lagunas mentales) y que si se repite será igual o más genial. La moraleja quizá es... Esta bien salir de la línea de vez en cuando.
*Esta historia es real, sin embargo, algunos nombres han sido cambiados para proteger la identidad de sus verdaderos protagonistas.

viernes, 19 de febrero de 2016

Yasted years

Don't waste your time always searching for those wasted years. Face up!... Make your stand and realized you're living in the GOLDEN YEARS.

jueves, 18 de febrero de 2016

¿Quién habla en nombre de la tierra?

Durante un millón de años era evidente para nosotros que aparte de la tierra no había ningún otro lugar, luego nos dimos cuenta de mala gana que no éramos el centro ni el objetivo del universo, sino que vivíamos sobre un mundo diminuto y frágil perdido en la inmensidad, a la deriva por un gran océano cósmico punteado aquí y allá por centenares de miles de millones de galaxias y por mil millones de billones de estrellas. Pero algo en nosotros reconoce el cosmos como su hogar. Estamos hechos de polvo de estrellas. Nuestro origen y evolución estuvieron ligados a distantes acontecimientos cósmicos. La exploración del cosmos es un viaje para autodescrubrirnos.
En nuestra existencia sobre este planeta hemos acumulado un peligroso equipaje evolutivo, propensiones hereditarias a la agresión y al ritual, sumisión a los líderes y hostilidad hacia los forasteros, un equipaje que plantea algunas dudas sobre nuestra supervivencia. Pero también hemos adquiridos compasión por los demás, amor hacia nuestros hijos y hacia los hijos de nuestros hijos, el deseo de aprender sobre la historia y una inteligencia apasionada. No sabemos qué aspectos de nuestra naturaleza predominarán, especialmente cuando nuestra visión y nuestra comprensión de las perspectivas están limitadas exclusivamente a la Tierra, o lo que es peor a una pequeña parte de ella. Pero allí arriba, en la inmensidad del Cosmos, nos espera una perspectiva inescapable. Por ahora no hay signos obvios de  inteligencias extraterrestres, y esto nos hace preguntamos si las civilizaciones  como la nuestra se precipitan siempre de modo implacable y directo hacia la autodestrucción. Las fronteras nacionales no se distinguen cuando miramos la Tierra desde el espacio. Los chauvinismos étnicos o religiosos o nacionales son algo difíciles de mantener cuando vemos nuestro planeta como un creciente azul y frágil que se desvanece hasta convertirse  en un punto azul sobre la ciudadela de las estrellas. Viajar ensancha nuestras perspectivas.
Hay mundos en los que nunca nació la vida. Hay mundos que quedaron abrasados y arruinados por catástrofes cósmicas. Nosotros hemos sido afortunados: estamos vivos, somos poderosos, el bienestar de nuestra civilización y de nuestra especie está en nuestras manos. Si no hablamos nosotros en nombre de la Tierra, ¿quién lo hará? Si no nos preocupamos nosotros de nuestra supervivencia, ¿quién lo hará?
La especie humana está emprendiendo ahora una gran aventura que si tiene éxito será tan importante como la colonización de la tierra o el descenso de los árboles. Estamos rompiendo de modo vacilante y en vía de prueba las trabas de la Tierra: Metafóricamente enfrentarnos a nuestros cerebros primitivos y domarlos, viajar físicamente a los planetas y escuchar los mensajes de las estrellas. Pero nuestras energías se dirigen mucho más hacia la guerra. Las naciones hipnotizadas por la desconfianza mutua, sin casi nunca preocuparse por la especie o por el planeta, se preparan para la muerte. Y lo que hacemos es tan horroroso que tendemos a no pensar mucho en ello y es imposible que resolvamos algo que no tomamos en consideración.
Toda persona capaz de pensar teme a la guerra nuclear, y todo estado tecnológico la está planeando. Cada cual sabe que es una locura, y cada nación tiene una excusa. Hay una siniestra cadena de causalidades: los alemanes estaban trabajando en la bomba al principio de la segunda guerra mundial, y los americanos tuvieron que hacer una antes que ellos. Si los americanos tienen la bomba, los soviéticos deben tenerla también, y luego los británicos, los franceses, los chinos, los indios, los pakistaníes... Hacia finales del siglo veinte muchas naciones habían reunido armas nucleares. Eran fáciles de idear. El material fisionable podía robarse de los reactores nucleares. Las armas nucleares se convirtieron casi en una industria de artesanía nacional.
Las bombas convencionales de la segunda guerra mundial recibieron el calificativo de revientamanzanas. Se llenaban con veinte toneladas de TNT y podían destruir una manzana de casas de una ciudad. Todas las bombas lanzadas sobre todas las ciudades en la segunda guerra mundial sumaron unos dos millones de toneladas, dos megatones, de TNT: toda la muerte que llovió de los cielos entre 1939 y 1945, un centenar de miles de revientamanzanas, fueron dos megatones. A fines del siglo veinte, dos megatones era la energía que se liberaba en la explosión de una sola bomba termonuclear: una bomba con la fuerza destructiva de la segunda guerra mundial. Pero hay cientos de miles de armas nucleares. Hacia la novena década del siglo veinte los misiles estratégicos y las fuerzas de bombarderos de la Unión Soviética y de los Estados Unidos apuntaban sus cabezas de guerra a más de 15 000 objetivos designados. No había lugar seguro en todo el planeta. La energía contenida en estas armas, en estos genios de la muerte, era superior a 10 000 megatones: pero con toda su destrucción concentrada de modo eficiente, no a lo largo de seis años sino en unas pocas horas, una revientamanzanas para cada familia del planeta, una segunda guerra mundial nuclear cada segundo durante toda una tarde de ocio.
Las causas inmediatas de muerte por un ataque nuclear son la onda expansiva, que pueden aplanar edificios fuertemente reforzados a muchos kilómetros de distancia, la tempestad de fuego, los rayos gamma y los neutrones que fríen de modo efectivo las entrañas de una persona. 
La explosión de Hiroshima, al contrario de la subsiguiente explosión de Nagasaki, fue una explosión en el aire muy por encima de la superficie, de modo que la lluvia radiactiva fue insignificante. Pero el 1 de marzo de 1954 una prueba con armas termonucleares en Bikini, en las islas Marshall, detonó a un rendimiento superior al esperado. Se depositó una gran nube radiactiva sobre el pequeño atolón de Rongalap, a 150 kilómetros de distancia. Unas horas más tarde la ceniza radiactiva cayó sobre Rongalap como nieve. La dosis media recibida fue de sólo 175 rads, algo inferior a la mitad de la dosis necesaria para matar a una persona normal. El atolón estaba lejos de la explosión y no murieron muchas personas, pero como es lógico, el estroncio radiactivo que comieron se concentró en sus huesos y el yodo radiactivo se concentró en sus tiroides. Dos tercios de los niños y un tercio de los adultos desarrollaron más tarde anormalidades tiroideas, retraso en el crecimiento y tumores malignos. Los habitantes de las islas Marshall irecibieron a cambio cuidados médicos especializados. El rendimiento de la bomba de Hiroshima fue de sólo trece kilotones, el equivalente a trece millares de toneladas de TNT. El rendimiento de la prueba de Bikini fue de quince megatones. En un intercambio nuclear completo, caerían en todo el mundo el equivalente a un millón de bombas de Hiroshima. Si se aplica el porcentaje de mortalidad de Hiroshima de unas cien mil personas muertas por cada arma de trece kilotones, sería suficiente para matar a cien mil millones de personas. Desde luego que en un intercambio de este tipo no todo el mundo morirá por la explosión y la tormenta de fuego, la radiación y la precipitación radiactiva. Los supervivientes vivirán consecuencias más sutiles de la guerra. Un intercambio nuclear completo quemaría el nitrógeno de la parte superior del aire, convirtiéndolo en óxidos de nitrógeno, que a su vez destruirían una porción significativa del ozono en la alta atmósfera, con lo que ésta admitiría una dosis intensa de radiación solar ultravioleta. Este aumento en el flujo ultravioleta se mantendría durante años. Produciría cáncer de la piel, preferentemente en personas de piel clara. Y algo más importante: afectaría la ecología de nuestro planeta de un modo desconocido. La luz ultravioleta destruiría las cosechas. Muchos microorganismos morirían, no sabemos cuáles ni cuántos, o cuáles podrán ser las consecuencias. No sabemos si los organismos muertos estarán precisamente en la base de una vasta pirámide ecológica sobre cuya cima nos balanceamos nosotros.
El polvo introducido en el aire en un intercambio nuclear completo reflejaría la luz solar y enfriará un poco la Tierra. Basta un pequeño enfriamiento para que las consecuencias en la agricultura sean desastrosas. Los pájaros mueren más fácilmente por la radiación que los insectos. Las plagas de insectos y los desórdenes agrícolas adicionales que les seguirían seríauna consecuencia probable de una guerra nuclear. La radiación producida en una guerra nuclear debilitaría el sistema inmunológico del cuerpo, entre sus muchos otros efectos, provocando una disminución de nuestra capacidad para resistir enfermedades. A plazo más largo habría mutaciones, nuevas variedades de microbios y de insectos que podrían causar todavía más problemas a cualquier superviviente humano de un holocausto nuclear; y quizás al cabo de un tiempo cuando ya ha pasado el tiempo suficiente para que se recombinen y se expresen las mutaciones recesivas, habría nuevas y horrorizantes variedades de personas. Y luego habría otras agonías: la pérdida de los seres queridos, legiones de quemados, ciegos y mutilados; enfermedades, plagas, venenos radiactivos de larga vida en el aire y en el agua, amenaza de tumores y de niños nacidos muertos y malformados; la ausencia de cuidados médicos, la desesperada sensación de una civilización destruida por nada, el conocimiento de que podíamos haberlo impedido y no lo hicimos.
Cuando nuestro bienestar se ve amenazado, cuando se ven desafiadas nuestras ilusiones sobre nosotros mismos, tendemos, por lo menos algunos, a estallar en rabias asesinas. Y cuando las mismas provocaciones se aplican a estados nacionales, también ellos estallan a veces en rabias asesinas, que fomentan con demasiada frecuencia los que buscan el poder o el provecho personales. Pero a medida que la tecnología del asesinato mejora y que aumenta el castigo de la guerra, hay que hacer que muchas personas sientan simultáneamente rabia asesina para poder pasar a una guerra importante. Esto puede generalmente arreglarse, porque los órganos de comunicación de masas están a menudo controlados por el Estado. (La guerra nuclear es la excepción. Puede ponerla en marcha un número muy reducido de personas.)
Tenemos aquí un conflicto entre nuestras pasiones y lo que a veces se llama nuestra mejor naturaleza; entre la parte antigua reptiliana y profunda de nuestro cerebro, el complejo R, encargado de las rabia asesina, y las partes del cerebro mamíferas y humanas evolucionadas más recientemente, el sistema límbico y la corteza cerebral. Cuando los hombres vivían en pequeños grupos, cuando nuestras armas eran relativamente modestas, un guerrero por rabioso que estuviera sólo podía matar a unas cuantas personas. A medida que nuestra tecnología mejoró, mejoraron también los medios de guerra. En el mismo breve intervalo también nosotros hemos mejorado. Hemos atemperado con la razón nuestras iras, frustraciones y desesperaciones. Hemos mejorado a una escala planetaria injusticias que hasta hace poco eran globales. Pero nuestras armas pueden matar ahora miles de millones de personas. ¿Hemos mejorado lo bastante rápido? ¿Estamos enseñando la razón del modo más eficaz posible? ¿Hemos estudiado valientemente las causas de la guerra?
El equilibrio global de terror tiene como rehenes a los ciudadanos de la Tierra. Cada parte traza unos límites a la conducta permisible de la otra. El enemigo potencial recibe la seguridad de que transgredir el límite supone una guerra nuclear. Sin embargo, la definición del límite va cambiando con el tiempo. Cada parte ha de tener confianza en que la otra entiende los nuevos límites. Cada parte está tentada de aumentar su ventaja militar, pero no de forma tan pronunciada que alarme seriamente al otro. Cada parte explora continuamente los límites de la tolerancia de la otra, como los vuelos de bombarderos nucleares sobre los desiertos árticos, la crisis de los misiles en Cuba, las pruebas de armas antisatélite, las guerras de Vietnam y Afganistán: unas cuantas partidas de una lista larga y dolorosa. El equilibrio global de terror es un equilibrio muy delicado. Depende de que las cosas no se estropeen, de que no se cometan errores, de que las pasiones reptilianas no se exciten seriamente.
El desarrollo de las armas nucleares y sus sistemas de entrega provocarán más tarde o más temprano un desastre global. Muchos de los científicos norteamericanos y europeos emigrados que desarrollaron las primeras armas nucleares quedaron anonadados por el demonio que habían dejado suelto en el mundo. Apelaron en favor de la abolición global de las armas nucleares. Pero nadie les hizo caso: la perspectiva de una ventaja estratégica nacional empezó la carrera de armas nucleares. 
Según algunas estimaciones casi la mitad de los científicos y altos tecnólogos de la Tierra están empleados de modo total o parcial en cuestiones militares. Quienes participan en el desarrollo y fabricación de armas de destrucción masiva reciben salarios exagerados, participación en el poder e incluso si es posible honores públicos en los niveles más altos existentes en sus respectivas sociedades. El secreto que envuelve el desarrollo de armas, llevado a extremos extravagantes, implica que las personas con estos empleos casi nunca tienen que aceptar la responsabilidad de sus acciones. Están protegidos y son anónimos. El secreto militar hace que lo militar sea en cualquier sociedad el sector más difícil de controlar por los ciudadanos. Si ignoramos lo que hacen, es muy difícil detenerlos. Los premios son tan sustanciosos, y los grupos de presión militares de países hostiles mantienen un abrazo mutuo tan siniestro, que al final el mundo descubre que se está deslizando hacia la destrucción definitiva de la empresa humana.
Cada gran potencia tiene alguna justificación ampliamente difundida para conseguir y almacenar armas de destrucción masiva, a menudo incluyendo un recordatorio reptiliano del supuesto carácter y de los defectos culturales de enemigos potenciales o de las intenciones de los demás, y nunca de las nuestras, de conquistar el mundo. Cada nación parece tener su conjunto de posibilidades prohibidas, en las que hay que prohibir a toda costa que sus ciudadanos y partidarios piensen seriamente. 
¿Cómo explicaríamos la carrera global de armas a un observador extraterrestre desapasionado? ¿Cómo justificaríamos los desarrollos desestabilizadores más recientes de las armas anti-satélite, las armas con rayos de partículas, lásers, bombas de neutrones, misiles de crucero, y la propuesta de convertir áreas equivalentes a pequeños países en zonas donde esconder misiles balísticos intercontinentales entre centenares de señuelos?¿Afirmaremos que diez mil cabezas nucleares con sus correspondientes objetivos pueden aumentar nuestras perspectivas de supervivencia? ¿Qué informe presentaríamos sobre nuestra administración del planeta Tierra? Hemos oído las racionalizaciones que inducen las superpotencias nucleares. Sabemos quién habla en nombre de las naciones. Pero ¿quién habla en nombre de la especie humana? ¿Quién habla en nombre de la Tierra?
Cerca de dos terceras partes de la masa del cerebro humano están en la corteza cerebral, dedicada a la intuición y a la razón. Los hombres hemos evolucionado de modo gregario. Nos encanta la compañía de los demás; nos preocupamos los unos de los otros. Cooperamos. El altruismo forma parte de nuestro ser. Hemos descifrado brillantemente algunas estructuras de la Naturaleza. Tenemos motivaciones suficientes para trabajar conjuntamente y somos capaces de idear el sistema adecuado. Si estamos dispuestos a incluir en nuestros cálculos una guerra nuclear y la destrucción total de nuestra sociedad global emergente, ¿no podríamos también imaginar la reestructuración total de nuestras sociedades? Desde una perspectiva extraterrestre está claro que nuestra civilización global está a punto de fracasar en la tarea más importante con que se enfrenta: la preservación de las vidas y del bienestar de los ciudadanos del planeta. ¿No deberíamos pues estar dispuestos a explorar vigorosamente en cada nación posibles cambios básicos del sistema tradicional de hacer las cosas, un rediseño fundamental de las instituciones económicas, políticas, sociales y religiosas? Enfrentados con una alternativa tan inquietante, nos sentimos tentados continuamente a minimizar la gravedad del problema, de afirmar que quienes se inquietan por el día del Juicio son unos alarmistas; de asegurar que los cambios fundamentales en nuestras instituciones no son prácticos o están en contra de la naturaleza humana, como si la guerra nuclear fuera práctica, o como si sólo hubiera una naturaleza humana. Una guerra nuclear a toda escala no se ha dado nunca. Se supone que de algún modo esto nunca se dará. Pero sólo podemos pasar una vez por esta experiencia. En aquel momento será demasiado tarde para reformular la estadística.
Los presupuestos comparados del Departamento de Defensa (153 000 millones de dólares por año) y de la Agencia para el Control de Armas y el Desarme (18 millones de dólares por año) nos recuerdan la importancia relativa que hemos asignado a las dos actividades. ¿No gastaría más dinero una sociedad racional en comprender y prevenir que en prepararse para la siguiente guerra? Es posible estudiar las causas de la guerra. Actualmente nuestra comprensión de ella es limitada, probablemente porque los presupuestos de desarme han sido siempre entre inefectivos e inexistentes. Hemos alcanzado el punto en que la proliferación de las armas nucleares y la resistencia contra el desarme nuclear amenazan a todas y cada una de las personas del planeta. Ya no hay intereses especiales o casos especiales. Nuestra supervivencia depende de que Nosotros, los rehenes nucleares, todos los pueblos de la Tierra tengamos que educarnos sobre la guerra convencional y nuclear. Luego tenemos que educar a nuestros gobiernos. Tenemos que aprender la ciencia y la tecnología que proporcionan las únicas herramientas concebibles de nuestra supervivencia. Tenemos que estar dispuestos a desafiar valientemente la sabiduría convencional social, política, económica y religiosa. Tenemos que hacer todos los esfuerzos posibles para comprender que nuestros compañeros, los ciudadanos de todo el mundo, son humanos. No hay duda que estos pasos son difíciles. Pero como replicó Einstein muchas veces cuando alguien rechazaba sus sugerencias por no serprácticas o inconsistentes con la naturaleza humana: ¿Qué otra alternativa hay?
Es característico de los mamíferos que acaricien a sus hijos, con el hocico o con, las manos, que los abracen, los soben, los mimen, los cuiden y los amen, un comportamiento que es esencialmente desconocido entre los reptiles. Si es realmente cierto que el complejo R y el sistema límbico viven en una tregua incómoda dentro de nuestros cráneos y que continúan compartiendo sus antiguas predilecciones, podríamos esperar que la indulgencia paterna animara nuestras naturalezas de mamífero y que la ausencia de afecto físico impulsara el comportamiento reptilianoComprometamosnuestra inteligencia y nuestros recursos en una escala masiva para asumir nuestro propio destino. Algunas pruebas apuntan en este sentido. Se ha descubierto en experiencias de laboratorio que los monos criados en jaulas y físicamente aislados aunque pudiesen ver, oír y oler a sus compañeros simios desarrollaban toda una gama de características taciturnas, retiradas, autodestructivas y en definitiva anormales. Se observa lo mismo en los hijos de personas que se han criado sin afecto físico normalmente en instituciones donde es evidente que sufren mucho.
El neurosicólogo James W. Prescott llevó a cabo un análisis estadístico transcultural sorprendente de 400 sociedades preindustriales y descrubrió que las culturas que derrochan afecto físico en sus hijos tienden a no sentir inclinación por la violencia. Allí donde se fomenta el cariño físico, son apenas visibles el robo, la religión organizada y las ostentaciones envidiosas de riqueza; donde se castiga físicamente a los niños tiende a haber esclavitud, homicidios frecuentes, torturas y mutilaciones de los enemigos, cultivo de la inferioridad de la mujer, y la creencia en uno o más seres sobrenaturales que intervienen en la vida diaria. Está claro que se necesita ahondar más en esta tesis provocativa. Mientras tanto cada uno de nosotros puede contribuir de modo personal y no polémico al futuro del mundo abrazando tiernamente a nuestros niños.
Si las inclinaciones hacia la esclavitud y el racismo, la misoginia y la violencia están relacionadas tal como sugieren el carácter individual y la historia humana, así como los estudios transculturales , queda margen para un poco de optimismo. Todos estamos rodeados por cambios recientes y fundamentales de la sociedad. En los dos últimos siglos se ha eliminado casi del todo, en una revolución que ha conmovido a todo el planeta, la abyecta esclavitud, con sus miles o más años de vida. Las mujeres, tratadas durante milenios con aire protector, privadas tradicionalmente de poder político y económico real, se están convirtiendo paulatinamente, incluso en las sociedades más atrasadas, en compañeras iguales de los hombres. Por primera vez en la historia moderna, se consiguió detener grandes guerras de agresión gracias en parte a la revulsión experimentada por los ciudadanos de las naciones agresoras. Las antiguas exhortaciones en bien del fervor nacionalista y del orgullo patriotero han empezado a perder su efectividad. Los niños reciben un trato mejor en todo el mundo, quizás gracias al aumento del nivel de vida. En unas pocas décadas han empezado a producirse cambios globales radicales en la dirección precisa para la supervivencia humana. Se está desarrollando una nueva consciencia que reconoce que somos una especie.
Cada aspecto de la naturaleza revela un profundo misterio y provoca en nosotros una sensación de maravilla y de reverencia. Teofrasto estaba en lo cierto. Quienes se asustan del universo tal como es, quienes proclaman un conocimiento inexistente y conciben un Cosmos centrado en los seres humanos, preferirán los consuelos pasajeros de la superstición. En vez de enfrentarse con el mundo, lo evitan. Pero quienes tienen el valor de explorar el tejido y la estructura del Cosmos, incluso cuando defiere de modo profundo de sus deseos y prejuicios, penetrarán en sus misterios más profundos.
No hay ninguna otra especie en la Tierra que haga ciencia. Hasta ahora es una invención totalmente humana, que evolucionó por selección natural en la corteza cerebral por una sola razón: porque funciona. No es perfecta. Puede abusarse de ella. Es sólo una herramienta. Pero es con mucho la mejor herramienta de que disponemos, que se autocorrige, que sigue funcionando, que se aplica a todo. Tiene dos reglas. Primera: no hay verdades sagradas; todas las suposiciones se han de examinar críticamente; los argumentos de autoridad carecen de valor. Segunda: hay que descartar o revisar todo lo que no cuadre con los hechos. Tenemos que comprender el Cosmos tal como es y no confundir lo que es con lo que queremos que sea. Lo obvio es a veces falso, lo inesperado es a veces cierto. Los seres humanos de todo el mundo comparten los mismos objetivos cuando el contexto es suficientemente grande. Y el estudio del cosmos proporciona el contexto más amplio posible. La cultura global actual es una especie de recién llegado arrogante. Llega al escenario planetario siguiendo a otros actos que han tenido lugar durante cuatro mil quinientos millones de años, y después de echar un vistazo a su alrededor, en unos pocos miles de años, se declara poseedor de verdades eternas. Pero en un mundo que está cambiando tan de prisa como el nuestro, esto constituye una receta para el desastre. No es imaginable que ninguna nación, ninguna religión, ningún sistema económico, ningún sistema de conocimientos tenga todas las respuestas para nuestra supervivencia. Ha de haber muchos sistemas sociales que funcionarían mucho mejor que los existentes hoy en día. Nuestra tarea, dentro de la tradición científica, es encontrarlos.
Hemos sostenido la idea peculiar de que una persona o una sociedad algo diferente de nosotros, seamos quienes seamos, es algo extraño o raro, de lo cual hay que desconfiar o que ha de repugnarnos. Pensemos en las connotaciones negativas de palabras como forastero o extranjero. Y sin embargo los monumentos y culturas de cada una de nuestras civilizaciones representansimplemente maneras diferentes del ser humano. Un visitante extraterrestre que estudiara las diferencias entre los seres humanos y sus sociedades, encontraría estas diferencias triviales en comparación con las semejanzas. Es posible que el Cosmos esté poblado por seres inteligentes. Pero la lección darviniana es clara: no habrá humanos en otros lugares. Solamente aquí. Sólo en este pequeño planeta. Somos no sólo una especie en peligro sino una especie rara. En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso. Si alguien está en desacuerdo contigo, déjalo vivir. No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias.
La historia humana puede entenderse como un lento despertar a la consciencia de que somos miembros de un grupo más amplio. Al principio nos debimos lealtad a nosotros mismos y a nuestra familia inmediata, luego a bandas de cazadores recolectores nómadas, luego a tribus, pequeños asentamientos, estadosciudades, naciones. Hemos ampliado el círculo de las personas a las cuales amamos. Hemos organizado ahora lo que calificamos modestamente de superpotencias, que incluyen grupos de personas de orígenes étnicos y culturas divergentes que en cierto sentido trabajan unidas; lo cual es desde luego una experiencia humanizadora y formadora del carácter. Para poder sobrevivir tenemos que ampliar todavía más el ámbito de nuestra lealtad para incluir a la comunidad humana entera, a todo el planeta Tierra. Muchos de los que gobiernan las naciones encuentran desagradable una idea así. Temerán perder poder. Tendremos ocasión de oír muchos discursos sobre traición y deslealtad. Las naciones ricas tendrán que compartir su riqueza con las pobres. Pero nuestra alternativa, como dijo H. G. Wells en un contexto diferente, es claramente o el universo o nada. 
Hace unos pocos millones de años no había hombres. ¿Quién estará aquí dentro de unos cuantos millones de años? En los 4 600 millones de años de la historia de nuestro planeta puede decirse que nunca salió nada de él. Pero ahora diminutas naves espaciales exploradoras sin tripulación procedentes de la Tierra se están desplazando, relucientes y elegantes, a través del sistema solar. Hemos llevado a cabo un reconocimiento preliminar de veinte mundos, entre ellos todos los planetas visibles a simple vista, todas esas luminarias nocturnas y errantes que provocaron en nuestros antepasados el deseo de comprender. Las fuentes radiactivas de energía en lasondas y cohetes impulsores derivan de la misma tecnología que fabrica armas nucleares. Las técnicas de radio y de radar utilizadas para seguir y guiar misiles balísticos y para defenderse contra ataques se utilizan también para controlar y dirigir las naves espaciales. Si utilizamos estas tecnologías para destruimos, es seguro que no nos aventuraremos más allá de los planetas y las estrellas. Si continuamos hacia los planetas y las estrellas, nuestra xenofobia recibirá un golpe más. Ganaremos una perspectiva cósmica. Reconoceremos que nuestras exploraciones sólo pueden llevarse a cabo en beneficio de toda la gente que habita el planeta Tierra. Invertiremos nuestras energías en una empresa dedicada no a la muerte sino a la vida: la expansión de nuestra comprensión de la Tierra y de sus habitantes. La exploración espacial con tripulación y sin ella utiliza muchas de las mismas capacidades tecnológicas y organizativas, y exige las mismas cualidades de valor y de osadía que la empresa de la guerra. Si llegara una época de auténtico desarme antes de una guerra nuclear, estas exploraciones permitirán que los grupos de presión militar e industrial de las grandes potencias se comprometan al final en una empresa intachable. Los intereses comprometidos en la preparación de la guerra podrían reinvertirse fácilmente en la exploración del Cosmos porque al final nuestras lealtades son para las especies y el planeta. Nosotros hablamos en el nombre de la Tierra. Es nuestra obligación sobrevivir no solo de nosotros mismos sino también de este Cosmos, antiguo y vasto, del cual procedemos.

domingo, 7 de febrero de 2016

Uno ya no puede ser tan nostálgico... ¿O si?

Uno ya no puede ser tan nostálgico ¿para que perder el tiempo?. La vida es ahora trabajo, deberes, gastos. Se acabaron las siestas, las horas de conversacion o lectura. Hoy debemos ser practicos y eficientes. Ir al grano y no divagar por los sueños y cursilerias. Mas austero y mas sufrido. Ser buena persona pero sin pasarme de Ingenua. ¡Fuera de mi esta debilidad que es la melancolia o esas fantasias que no me llevan a ninguna parte!. Nada de desear dias nublados y ver fotografias. Presente, presente, presente, y planificar los dias como buenos profesionistas, de esos que siempre andan muy formales y causan un considerable impacto, vivir al pie de la agenda con intensidad y eficacia ¡En la vida no se admiten debilidades! Que si, todo es muy bonito pero nada sacas de ahi. Hoy se valora la eficacia, el movimiento constante. Necesito una vida sin nubes para ser una mujer seria. Si es que quiero prosperar en algo...¿o sigo igual y vuelvo a la nostalgia? a fin de cuentas no se me da eso de ser eficiente y practica. El tiempo pasa y el alma no se conforma con agendas, ni ropa formal. ¡A cada cual lo suyo!

miércoles, 3 de febrero de 2016

No era más que un vago

De él casi ya no recuerdo nada, fue hace tanto tiempo que lo conocí… 
Llego en algún momento de mi vida adolescente cuando todo lo más importante eran las modas, la popularidad, los romances instantáneos, la música de época y el sexo era algo realmente interesante pero aun inalcanzable, éramos un grupo de unos 10 jóvenes... o más bien niños, teníamos entre 13 y 16 años y llego él, llego sorprendiendo a todos con sus 19 años de experiencia, con su ropa super cool, su piercing en la ceja y su música tan diferente a la que acostumbrábamos a escuchar. 
Pero no era más que un vago, apenas había terminado la secundaria y había recientemente dejado la preparatoria, tenía trabajos, pero solo eran temporales porque la mayor parte del tiempo prefería solo ponerse sus patines (más bien nunca se los quitaba) e irse hasta su casa (la cual estaba súper lejos) con sus audífonos puestos y su diskman, prefería la vida fácil y sin preocupaciones. Obviamente para mí todo aquello era de lo más genial. 
Para mí no era más que alguien inalcanzable, sin embargo, no sé cómo, pero se volvió en mi mejor amigo, se volvió tan cercano a mí y yo aprendí tanto de él ¿Qué puedes aprender de un vago? Bueno puedes aprender que no puedes ser un vago toda la vida porque te quedas estancado… sin embargo mi aprendizaje con él fue meramente musical. Gracias a él mis gustos dieron un giro y hoy puedo decir que son mucho mejores. Pase de ser la típica adolescente fan de los Backstreets Boys, Hanson… a escuchar por primera vez 311, RATM, Save Ferris, y si, por primera vez a los ¡Doors!.
No recuerdo mucho de él y no sé qué estará haciendo porque de repente la vida cambio y él se fue o yo me fui, pero cuando escucho de nuevo todos esos géneros que hoy conozco gracias a él, aparece de pronto su recuerdo, no puedo estar más agradecida con alguien de poner en mi vida esta obsesión por la música, por hacerme ser un poquito como él, por adentrarme a este maravilloso mundo musical, porque como dijo Nietzsche “Sin música la vida sería un error”
El vago aquel me ha dejado incondicional e irrevocablemente enamorada de la música, de su música, de esa que siempre escuchaba en ese viejo diskman.

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