Tenía 14 años cuando me uní a los comunistas. Al principio, cuando llegó mi carta de bienvenida, me emocioné. Era el comienzo de una vida distinta, una transformación. No sabía bien qué me esperaba, pero tampoco había demasiados comentarios al respecto. Ahora que lo pienso, no había comentarios en general: ser parte del ejército rojo era algo secreto, y ni entre los propios miembros se hablaba del tema, salvo en casos de emergencia.
Pronto descubrí que esas misiones mensuales eran, y siguen siendo, realmente difíciles: casi siempre incómodas, muchas veces dolorosas. Es difícil guardar el secreto del comunismo y al mismo tiempo llevar una vida normal, sobre todo cuando el rojo aparece sin aviso, atraviesa tu ropa y se delata frente a los demás, especialmente frente a quienes no están afiliados al partido.
Entonces llega el rechazo, la incomodidad ajena, las burlas. Y eso sin contar atrocidades aún peores en lugares donde el comunismo sigue siendo prácticamente ilegal. En lo personal, suelo cuestionar con fuerza al partido, pero una vez que naces dentro de él no puedes renunciar; solo te queda esperar la jubilación, cuando por fin seas libre de envejecer sin ideologías impuestas.
Esta misión, la de este mes y la pasada, ha sido especialmente dura. Ha interrumpido mi vida normal, y ha sido difícil ocultar mi afiliación al partido, aunque el mundo a mi alrededor intuya de qué se trata. Quizá no quieran saber de estas misiones. Tal vez quienes no son miembros prefieren dar la espalda al hecho de que los comunistas resistimos más de lo que aparentamos.
